Un acompañamiento temprano ayuda a afianzar unas bases sólidas para una maduración armoniosa
Los primeros años de vida constituyen la etapa más sensible del desarrollo, son los pilares sobre los cuales se apoyarán todas las vivencias posteriores de la persona. Son las primeras experiencias las que nos abren o cierran al mundo, las que nos dejan huellas y las que nutren el impulso de ir hacia la exploración, al crecimiento, hacia la autonomía. Es por ello que un acompañamiento temprano va a ayudar a afianzar unas bases sólidas para una maduración armoniosa, y también, prevenir y/o subsanar posibles dificultades en edades posteriores.
Nuestra mirada hacia la infancia es de confianza en sus capacidades y recursos como individuo único donde él niño/a se hace protagonista de su acción, de su propia historia. El niño/a que puede actuar y transformar su entorno en una experiencia nueva enriquece su realidad y permite reafirmar su existencia y sus logros.
Nuestro abordaje no es solo sobre el síntoma, sino que buscamos el significado que hay detrás de las manifestaciones psicocorporales, a fin de comprender al niño/a más allá de lo que nos muestra. Buscamos entender su historia profunda y desde ahí ajustarnos y acompañar a que pueda desarrollarse en la mayor plenitud.
Miramos al niño/a como una parte de un sistema familiar, un sistema regido por ciertos principios y leyes, de tal manera que cuando se hace una intervención sobre un miembro de ellos/as se está profundizando sobre el sistema al que pertenece. Así, el cambio en un miembro del sistema provoca el cambio en el resto del sistema y es por ello que nuestra intervención está orientada a acompañar tanto al niño/a como a su familia.